28 octubre 2016

24 octubre 2016

Premios Beritus al usurero exigente.

Hace unos años empecé a repartir con alegría y generosidad los Premios Detritus y Mierdicus, el primero al que abusa del poder, y el segundo al comerciante que piensa que los clientes hemos nacido exclusivamente para hacerles millonarios a ellos. Como los candidatos se amontonan cual moscas sobre una mierda, me veo obligado a entregarlos de nuevo. Porque estas cosas hay que decirlas, hombre, que si no la gentuza se cree VIP.
Todos los bancos hacen méritos para ello -por su propia naturaleza de usureros con corbatita, delincuentes legales, señores estafadores, ladrones de guante blanco-.
Pero este mes le ha tocado ser el campeón al banco libanés Blom. Enhorabuena.
Yo tenía una cuenta en esta cueva de mercaderes; antigua, que apenas usaba, con unos pocos dólares.
El otro día fui a ingresar dinero en esa cuenta, precisamente para activarla un poco, y me comunicaron que no había cuenta ni dólares: la habían cerrado sin consultarme y los dólares me los habían "sustraído", imagino que como gastos inexistentes de una tarjeta caducada hace un año.
Cuando les dije que quería abrirla otra vez -si era rápido y simple y las condiciones eran lo menos abusivas posibles tratándose de un banco-, no parecieron muy interesados. Yo comprendo que no soy un mafioso blanqueador de dinero, ya que en ese caso me hubieran tratado mucho mejor, pero, joder, soy un cliente, y la empresa para la que trabajo también.
Me preguntaron si iba a usar mucho mi hipotética nueva cuenta, y yo, como soy educado, no les respondí que a ellos qué coño les importaba.
También querían saber si iba a ingresar mi salario en la cuenta cada mes, "domiciliar" en argot usurero; y yo -jodida educación- seguí sin mandarlos a cascarla; aunque se me empezó a poner un rictus de "aquí huele a banco", ¿sabes?, una peste, un hedor, unas miasmas, como a dinero podrido, uf, qué desagradable, por Dios.
En resumen, que si yo insistía en abrir una cuenta que ellos habían cerrado sin preguntarme, las condiciones eran las siguientes: 2 dólares al mes para darme la tarjeta de débito versión cutre, es decir, 24$ al año; más 30$ al semestre por la cuenta - que tiene alma propia, al parecer-, o sea, 60$ al año.
Total: 84$ al año que debía pagarles -yo a ellos, eh, no ellos a mí- por prestarles mi dinero para sus turbios negocios.
Y todo ello acompañado de un careto engominao y un tonillo que quería significar: "Y te estamos haciendo un favor, eh, que lo sepas, pringao".
No me indicaron en ese momento si debía poner el culo también; solamente me informaron de que tenía que volver al día siguiente con mi pasaporte, porque al parecer el permiso de residencia expedido por sus autoridades no les valía; y una tercera vez cuando me llamaran unos días después, suponiendo que hubiesen aceptado generosamente mi solicitud, lo cual no era nada seguro. En esta tercera visita al antro necesitarían, si eso, unos 45 minutos para hacer mi cuenta. Y entonces ya no quedaría más que una cuarta vez -3 días más tarde- para recoger mi tarjeta.
Aquí ya, a pesar de mi renombrada educación, no tuve más remedio que aclararles que en un mundo normal eran los bancos los que tenían que pagar a los clientes y no al revés; que era yo el que les hacía un favor y no ellos; que era muy triste tener que robar; que había más bancos en Líbano que árboles, muchos más; y que se podían meter mi cuenta en el orto, allá donde la espalda pierde su nombre, ya que científicamente la administración por vía anal es más eficaz.
Y salí de allí contento, como el que sale de una alcantarilla, que es de donde yo salía, con la sensación de haberme ahorrado 84$ y de haber hecho una gran labor social.
Pero no pude evitar acordarme de ese juez españññol que denegó el indulto a un joven de 18 años acusado de gastar 80 euros con una tarjeta falsa; fue condenado a 5 años de cárcel. Y me pregunto si al sr, Blom también lo metería a la cárcel por los 84 dólares que pretendía sustraerme o más bien se irían a cenar juntos, puesto que la usura bancaria es legal y que entre señores se entienden.

18 octubre 2016

La pasión turca.

El mensaje es incongruente: ¿Qué tiene que ver Turquía con el sexo?
Mucho, dirán algunos. Todo, dirán otros... Y es que Turquía tiene muchos partidarios. Aunque en mi barrio, no tantos...
Vale, pero yo tiendo a pensar que se trata de una "obra de arte colectiva", al menos 2 personas han participado, sin conocerse entre ellas, en diferentes momentos, uno llegó una noche e hizo su parte, y el otro apareció después -¿mucho después?- y nos dejó su mensaje. Dos revolucionarios sin duda: el uno, un armenio conmemorando el genocidio, criticando la impunidad de Turquía como "aliado estratégico" de lo que llaman "la Comunidad Internacional" -una banda de cabrones hipócritas a los que es mejor no dar la espalda o dejarles un reloj cerca-. El otro, aún más revolucionario: ¿qué clase de personaje va llenando las paredes de su ciudad con este obsesivo mensaje, "sexo"? ¿Será un adolescente onanista, un filósofo hedonista criticando que nos preocupemos por los genocidios con todo lo que aún hay que follar; un graffitero falto de ideas al que en el último momento no se le ocurrió otra cosa más poética, un turco satisfecho después de hacerse una turca, manola, gallarda, paja. pajilla, o incluso masturbación;  una camionera harta de los roles que nos impone el heteropatriarcado culpable de todos los males de este mundo, incluída la existencia de Margaret Thatcher? 
Quién sabe, pero puestos a medir las pintadas se ve claro que el sexo es más grande que los genocidas.
Y más justo y necesario que la "Comunidad Internacional".







14 octubre 2016

Calambur.

Hay que tener cuidadín al cortar las palabras -lo mismo pasa con las sandías, el jamón o las relaciones-, porque no es lo mismo aquí que allá: "Si el rey no muere, el reino muere" (Alonso de Mendoza).
En este caso el corte es preciso, gastronómico, tierno: "Gambas à la Jillo", gambas al estilo de Jillo, a su manera.
A Jillo lo imagino muy bien -antes de venir a Líbano a preparar gambas- en una tasca de Córdoba, contando chistes a los clientes:
 -"Papá, ¿cómo se llama eso que uno se acuesta arriba y otro abajo?
-Follar.
(Al día siguiente)
-Se llama litera. La maestra, que vayas.
Jajajajajaja".
Sí. Juan José González, Juanjo, de ahí Juanjillo y de ahí Jillo.
Jillo pá los amigos. Y los clientes, que son amigos.
"¡Jiiiillo, pon una de gambas por aquí, haz el favor".

10 octubre 2016

Autorretrato.


A veces las similitudes son subjetivas; y en mi caso más, porque me sucede a menudo que sólo yo las veo ("en ocasiones veo similitudes"). Lo que me parece evidente -que la mujer de esa foto es Madonna disfrazada de geisha, que ese señor es igualito que José Sacristán, el pobre- a los otros les parece absurdo.
Así que es posible que este hombre dibujado en una pared no se parezca a Julio Cortázar pero en musculoso y azul. Puede incluso que no parezca verosímil pensar que una noche Cortázar estuvo en Beirut y se pintó a sí mismo en una calle solitaria disfrutando ya en aquel momento de su anonimato presente y futuro, con la fatua seguridad de que nadie sabría nunca que el hombre azul era Cortázar y menos aún que él mismo había estado allí una noche para pintarse.
Se equivocó. Yo pasé por allí y me di cuenta.

02 octubre 2016

Un libro, una cita: L'Homme aux Cercles Bleus.

"Muy bien, veremos todo eso esta noche, se dijo, convencido de ser un egoísta, pero advertido por la costumbre de que la gente que te deja realmente no se molesta en avisártelo con una carta de seis páginas. Ésos se largan sin hablar".

(Fred Vargas).