22 mayo 2015

Beirut friqui.

Para tapar un bache en la carretera han puesto ¡un sillón! y una caja (¿de fruta?) donde pone "Resfriado".



20 mayo 2015

Un libro, una cita: "Traité de savoir-survivre par temps obscurs".

"Para Spinoza, hay 3 tipos de conocimiento muy diferentes, que el ser humano elegirá utilizar a lo largo de su vida. Existe una elección entre un tipo equivocado y 2 tipos racionales, siendo el segundo tipo una etapa para llegar al tercero. Podemos llamarlos así. El primer tipo es el conocimiento sensible; el segundo el conocimiento reflexivo; el tercero el conocimiento intuitivo.
En el conocimiento del primer tipo, somos pasivos ante el orden de las cosas y sufrimos las manifestaciones de la realidad sin cambiar nada. Los únicos cambios que intervienen están producidos por lo que llamamos casualidades en tanto que no comprendemos la necesidad, y nuestro intelecto sólo interviene en un porcentaje inexistente o ínfimo. En este caso estamos regidos por las leyes de la especie. Imaginemos un hombre que no sabe nadar y que cae a un mar agitado. Sumergido, aspirando el aire a bocanadas durante las remontadas a la superficie, dominado por un ambiente hostil que no es capaz de representarse y que sufre sin comprender sus caprichos. A menos de que ocurra una casualidad como una tabla que pase a su alcance, estará abocado a ahogarse.
Y la especie se regocijará, porque para ella, un elemento tan débil como para caer al agua no merece reproducirse ni por tanto vivir, no más que un animal que sabe nadar por instinto, pero menos rápido que los otros y que será devorado por el cocodrilo. El cocodrilo es entonces el agente inconsciente de la especie.
Esto por lo que respecta al primer tipo de conocimiento, el sensible y erróneo de las cosas.

Pero si el hombre comienza a representarse el agua agitada según un cierto ritmo, la resistencia que ofrece a sus movimientos. y si adapta la fuerza y el ritmo de sus movimientos a los del agua, entonces está salvado. ¿Qué ha hecho este hombre? En lugar de "sufrir" el elemento móvil ha tenido una relación con él, o como dice Deleuze, ha acordado sus relaciones con las del elemento agua. Tener una relación no es posible a menos que nos representemos antes la cosa. A partir de ahí, es en la relación con la cosa donde se ejerce la libertad humana. Cuando sufrimos las cosas estamos alienados. Cuando tenemos una relación con ellas, es posible ejercer una libertad. El segundo tipo de conocimiento no es más que el conocimiento de las relaciones entre uno mismo y el resto del universo, ya se trate del ser querido, de una tormenta de arena, del calor, del frío, y por supuesto, del amigo. La amistad es a veces al amor lo que el conocimiento reflexivo es al conocimiento sensible.
Caemos en el amor y nadamos en la amistad. Pero sin el impulso amoroso no habría amistad. Por eso, no se trata de erradicar las leyes de la especie, sino de desviar su energía hacia el provecho del individuo.

El tercer tipo de conocimiento puede parecer más misterioso [...]. es indisociable del segundo tipo y es su resultado. Se trata de un conocimiento que se une al gozo que procura. Es la intuición que permite representarse la esencia de todas las cosas. El gozo puede llegar sin duda por azar y de manera fugaz en el conocimiento sensible, que es el de los errores acumulados y las satisfacciones fortuitas. Pero las relaciones del segundo conocimiento son las relaciones con las cosas y con los seres, que se cultivan a fin de llegar a un dominio suficiente para llegar al placer lo más frecuentemente posible.
Y es ese haz de relaciones cada vez más importantes que mantenemos con lo que nos afecta lo que nos conduce a veces al tercer tipo de conocimiento, que adquiere una cierta beatitud: como el místico tiene la intuición beata de Dios, el "spinozista" tiene la intuición alegre de la realidad.
Es evidente que no podemos situarnos continuamente en el conocimiento reflexivo y en el conocimiento intuitivo y que estamos abocados a estancarnos a menudo en el conocimiento sensible.
Pero la filosofía está ahí para recordar al filósofo dónde los verdaderos deseos de felicidad deben conducirle: hacia el tercer tipo de conocimiento.

14 mayo 2015

El Circo

-"¡Señoras, señores, y niñooos!¡Va a empezar la función!¡Con ustedeees...Los Beldiiniis!¡Un fuerte aplauso para los Beldinis!".

(Hace calor, cuesta respirar. Costaría aunque hiciera frío. Entre los rayos de luz que entran por la puerta flotan partículas de polvo y de universo. Y de angustia).

-"¿Os gustan los acróbatas, niños?"

(El "sí" es todo lo estruendoso que puede sonar cuando 16 niños y 9 adultos empiezan una función de circo. Es una carpa pequeña, tanto que se cruzan las miradas desvalidas de los padres. Enfrente, un hombre de unos 35 años, tatuado, delgado, perdido. Este fin de semana le toca la niña y ha decidido sin convicción que quizá el circo producirá una catarsis afectiva y mejorará la imagen que la cría tiene de él).

-"Con todos ustedes, el acróbata Leonard"

(Leves aplausos. El Acróbata Leonard es el presentador con otra ropa, y la presentadora ahora es su mujer, que sonríe y empieza a aplaudir; y todos aplaudimos sin ganas, los niños, el hombre perdido de las ojeras al que le toca este fin de semana la hija, la pareja que ha puesto al niño en medio porque ya no tienen nada que decirse, y yo. El circo cabe entero en el camión que hay aparcado fuera. El acróbata Leonard es un hombre fornido, maduro, un atleta al que empiezan a pesarle los años y la desilusión, y que ahí sigue porque no hay más remedio).

-"¡Un aplauso para el acróbata Leonard!".

(Después aparece el equilibrista, un muchacho tan rubio como su padre el acróbata Leonard y su madre, la señora que presenta con sonrisa triste y profesional. Son muchos años de matrimonio y de camión y de esperanzas truncadas).

-"Y ahora, señoras y señores, niños y niñas...¡la virtuosa del Hula Hoop!"

(La virtuosa es una niña, hija de Leonard y la mujer elegante de sonrisa triste, y también es hija del circo, y también es la niña que nos ha vendido las entradas en la puerta. Después viene lo bueno, todavía mejor, más difícil todavía; el mago Humbold cambia una paloma por un conejo, aunque no es capaz de hacer que no veamos que es el acróbata Leonard con una capa de mago).

-"Y ahora una pausa para que los artistas descansen".

(Pero los artistas no descansan: la mujer vende palomitas, la niña espadas luminosas, el chico confetti y globos de Dora Exploradora. Sólo el presentador Leonard Humbold descansa. Porque está vistiéndose de payaso Pepinillo. Mientras tanto pasan una cabra para que los niños la toquen. Y también el conejo que se transformó en paloma, o al revés...qué suave es. El payaso Pepinillo calienta aún más el ambiente, si cabe: toca la trompeta aunque esté prohibido y su mujer -que en este momento no es su mujer- aprovecha para golpearlo con una porra de plástico; a veces se le va la mano como para tratar de cumplir merecidas venganzas conyugales que sólo ellos conocen; tanto que a Pepinillo se le escapa un "¡Joder!", porque ese golpe tan fuerte no estaba previsto; los niños no se dan cuenta, el papá perdedor de la mirada perdida tampoco se da cuenta porque está muy agobiado, no sé si he dicho que está perdido, derrotado. Pero yo sí me doy cuenta y me alegro por ellos, por Pepinillo y su mujer de la triste sonrisa).

-"Voilà, c'est fini!¡Hasta la próxima!¡Gracias!¡El circo debe continuar!".

(Y nos vamos. Cada uno como puede. Ha sido muy bonito. El mejor circo del mundo. El más cutre y tierno. Y nos vamos. Por eso mismo. Porque nuestro circo también debe continuar).